Experiencia pandémica
Por Aleydis Adriana Vargas Santacruz
A partir de mi cumpleaños número 18, a la fecha que declaran el confinamiento por medidas de salud, atravesaba por un período bastante incierto para mí, una crisis de edad o tal vez empezaba a marcar lo que sería el fin de una etapa académica. Empezaba a cuestionarme y descubrir si realmente era yo.
Sabía que la Ariadna real estaba en el fondo, rodeada de muchas capas influenciadas de forma negativa por diferentes personas y las situaciones que atravesaba en mi casa, mi vida estudiantil, problemas de adicciones y sobredosis con sustancias.
Cuando empezaba a ser yo, otra vez, volví a ser esa persona emocional, empática, divertida, inteligente, perseverante.Esto fue algo importante porque ese sentimiento que me perdí, pues no me sentía esa misma persona de siempre, había perdido mi esencia, lo que me hacía ser yo. Después de reencontrarme, se reflejó ese cambio también como estudiante, de manera positiva, aunque ya no para poder salvar las materias, pero sí para prepararme para los extraordinarios, que sabía que iba a pasar, viendo claro mi objetivo de salir de la preparatoria.
Me estaba preparando para lo que tal vez sería la salida de la preparatoria, la cual veía un tanto lejana, desde cómo dio inicio este ciclo escolar, donde hasta por momentos era tan irreal. Duramos en paro indefinido desde octubre hasta la semana antes de las vacaciones de diciembre; sin embargo, durante la primera semana de clases volvieron a tomar las instalaciones, lo cual duró cerca de un mes, hasta que, estudiantes hartos de esta situación, decidieron entrar y romper el paro, permitiendo el ingreso de los funcionarios, retornando a nuestras actividades.
Terminé mi preparatoria con los exámenes extraordinarios a distancia, de manera presencial fue mejor, pues podía hacerlo sin distracciones, sin sentirme intimidada y al mismo tiempo presionada.
Al inicio del confinamiento, lo disfrutaba: estar en mi casa con tranquilidad, pero eso cuando mi papá y yo nos encontrábamos solos, ahora serían dos personas más, vivimos en una casa que rentamos con cuatro cuartos. Siempre había visto mi hogar como un lugar amplio, pero con el paso de los meses me sentía como si estuviéramos todos juntos y no hubiera suficiente espacio para respirar.
El miedo era un sentimiento recurrente, sobre todo al pensar que en algún momento tendría que salir a la calle, donde podría exponerme a mí y a mi familia a una enfermedad que se estaba llevando millones de vidas en el mundo. Me causaba una ansiedad muy aguda, pues era el único tema del que se hablaba, además del pánico colectivo, ocasionado por tanta información, predominando las fake news, donde la gente se ponía en peligro en desesperación por una solución, realizando remedios que terminaban con sus vidas.
Sin embargo, el lado bueno que me permitió la pandemia fue que como familia aprendimos a pasar más tiempo juntos, arreglando diferencias, conociendo más sobre nosotros. Nuestra familia se había deteriorado porque, antes del confinamiento, todos llegábamos tarde y el único tiempo que pasábamos juntos era por las noches viendo televisión. De manera personal, mis actitudes eran muy groseras con todos, pues era la forma en que enfrentaba todo lo que estaba pasando, de alguna forma esperaba que alguien se acercara para saber qué sucedía. Los reproches de mamá era una de las cosas que más me afectaba, pues realmente me esforzaba, lo intentaba, pero de seguía comparándome con mis hermanas. Durante la pandemia empecé a acercarme más a ella, siempre le ayudaba con la preparación de algún postre, intentando sanar ese vínculo, pues su desconfianza y sus palabras hirientes me alejaban, donde sus mayores miedos se hacían reales estando en malos pasos. Tal vez sin esta pandemia nunca nos hubiera dado tiempo para resolver nuestra situación como familia, pues nunca nos encontrábamos en casa y nos sumergimos tanto en nuestros problemas que entre todos nos aislamos.
A mediados de septiembre, cerca de mi cumpleaños número 19, vi la carrera en la que había sido asignada, estaba muy feliz, aunque no hubiera sido en el plantel de mi preferencia. Pero lo que realmente era importante era que ya estaba en la licenciatura, la cual fue mi mayor anhelo y el impulso para poder terminar mi preparatoria: ingresar a la carrera de mis sueños.
Mi primer semestre, realizado a distancia, fue todo un reto para mí, pues mi atención jugó en mi contra. Estaba presente por no más de una hora y después empezaba a divagar con preguntas sobre la FES, mis compañeros, los profesores y sobre qué estaría haciendo si fueran clases presenciales.
Las redes sociales fueron esenciales para el desarrollo de las clases y sobre todo de la integración, para mí no era difícil hacer amistades de forma virtual, pero sí en forma presencial, ya que suelo ser demasiado penosa. Durante este semestre conocí a un compañero con el que había conectado, estableciendo una amistad y tenernos la confianza de contar cosas importantes que nos han marcado, durante nuestras pláticas descubrimos que teníamos tantas cosas en común, incluso nuestra manera tan profunda de ver las cosas tan sencillas. En este tiempo, empezó a gustarme, pero, las personas ven mal en la actualidad que puedas llegar a gustar de alguien sin conocerle; sin embargo, el exterior no es lo que realmente te debe gustar de alguien, es más valioso lo que hay en el interior.
En noviembre comenzamos a ser novios, este acontecimiento fue una de las cosas que marcaron un antes y después, sobre todo el contexto que estábamos viviendo y la forma en que se dieron, como dicen por ahí, el amor llega cuando menos lo esperas. En un comienzo creí que la distancia afectaría la relación e incluso que no tendría un desarrollo; contra toda estadística, hemos aprendido que la distancia no debe ser un factor determinante...

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